En una nota de hoy en el diario El País titulada “El Negro“, Rosa Montero relata una historia real en la que una blanca y rubia alemana siente que está siendo solidaria con un hambriento negro africano cuando en realidad está comiendo su comida.
Ayer pensaba justamente en esa discriminación latente que tienen algunos europeos (no es bueno generalizar). Una discriminación que quizás desde lo conscienten no admiten, pero que en sus actitudes o razonamientos la traen latente.
Siempre pensé en ese racismo que tienen bajo la piel, inconsciente. Hay muchos argentinos que también lo tienen. Lo escuchás en sus frases. “Me sorprende su nivel cultural. Usted es digno de ser mi amigo” me dijo alguien doble apellido alguna vez, pensando que me alagaba.
En los 90 las nuevas generaciones españolas olvidaron (o no les enseñaron en las escuelas franquistas) que la Argentina de Perón le envió barcos lleno de trigo para que pudieran paliar el hambre. Que nuestro país, que promueve la inmigración desde el derecho fundamental que es la Constitución Nacional, recibió a tantos millones de españoles durante la guerra civil (entre quienes vinieron nuestro bisabuelos) y a miles de europeos en las crisis capitalistas de fines del siglo XIX y principios del XX. Pero ahí están, con su orgullo blanco europeo.
Fijate la empresa SEAT por ejemplo, franquista, española, católica, qué nombres usa para sus autos: Toledo, Córdoba y León a los autos para hombres, gerentes, empresarios; Ibiza para jóvenes, superficiales, blancos, católicos por herencia pero no por ejemplo de vida. ¿Qué nombre le puso al utilitario? ¿Qué nombre le puso al vehículo que debe llevar sobre su caja-espalda el peso del trabajo? Inca. El racismo europeo es tan inconsciente que lo podríamos llamar racismo hipodérmico.




Alguien agregó que se llama: racismo intersticial.